María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejóse caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Fué como un lindo ejemplo de la creación del mundo.

«¡Dios mío, San Antonio bendito!—exclamó cruzando las manos,—¡qué flaca estoy!

—Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa,—afirmó la madre con orgullo.

—¡Monísima, charmante!.., Juana, improvisa aquí un buen peinado—dijo Pilar á su doncella, habilísima peinadora.—Una cosa sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A ver si te luces.»

Con gran presteza empezó Juana su obra desenredando los cabellos de María. Esta, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros, parte del blanco seno, y á la vista de aquellas joyas tembló de pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás habría llegado demasiado lejos la reacción, si un flechazo partido del bien templado arco de su madre no la contuviera.

«Al verte, hija mía, nos parece increíble que ese mamarracho de Pepilla Fúcar...»

Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo: «¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!» Después María puso la cabeza en las dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores celestiales.

En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar no lo habría hecho mejor. Exclamación de sorpresa acogió obra tan magistral, y la misma María se contempló con admiración, pero sin sonreir. En seguida, pasando á la habitación donde estaba el espejo grande, se procedió á ponerle el gran traje princesa, operación no fácil, pero que al cabo fué terminada con general aplauso. El vestido resultó que ni pintado, el corte perfecto, el efecto sorprendente.

«¡Oh, qué bien está esta pícara!—dijo la de San Salomó con cierta envidia.—Veamos la manteleta. Escogeremos ésta de cachemir de la India con riquísimo agremán y flecos. La cortó un discípulo de Worth.»

María, en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se devoraba con sus propias miradas, dando al cuerpo el contorno particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La criada alzaba la luz alumbrando la esbelta figura.