«Ahora el sombrero.»
Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro faltaba. Pilar no quiso confiar á nadie aquella obra delicada, que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en alto el sombrero y se lo puso á su amiga. ¡Efecto grandioso, sin igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipciaca estaba elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo. Encarnaba en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del traje, que unido al infinito de la belleza, produce las maravillosas estatuas de carne y trapo ante las cuales sucumben á veces la prudencia y la dignidad, á veces la salud y el dinero de los hombres. ¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse bien bastaba alargar la mano á una higuera!
«Vaya—dijo Pilar,—ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias... ¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que hasta mañana.»
Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:
«Mañana es día de prueba para tí. Voy á mandar encender el Santísimo en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!... Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como cuantas hace la Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel barniz general de cursilería que llevan consigo todas las cosas de Antonia. ¡Si vieras qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una fiesta cívico-progresista.... En fin, si llegan á tocar el himno de Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de oir aquella voz de falsete... ¡Luego una pobreza de alumbrado...! En fin, no quiero entretenerme más, que es tarde... Adiós; ahora se me ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de los Dolores.
—Sí—dijo María enérgicamente,—la Virgen de los Dolores.
—Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Veré si alcanzo dos actos de Hugonotes... Con que mañana al mediodía...
—Al mediodía. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana. Yo traeré algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.