—Adiós... adiós.»
XV
¿Cortesana?
La Marquesa rogó á su hija que se acostara, á lo cual ésta accedió de buen grado, porque se sentía muy fatigada. Quitóse con lentitud los ricos atavíos que resucitaban en ella bruscamente la elegante mujer de otros tiempos, y se retiró á su alcoba. Tiritaba de frío y había caído en gran tristeza. Después de un rato de silencio, durante el cual mirábala su madre con alarma y desasosiego, volvió la vista á las imágenes, láminas, estampas y reliquias que hacían de su alcoba un museo de devoción, y dijo así:
«Señor Crucificado, Virgen de los Desamparados, santos queridos, amparadme en este trance.»
La de Tellería, que también en las ocasiones solemnes sabía dar muestras de acendrada piedad, besó los pies de un crucifijo.
«Alcánzame mi rosario, mamá,» dijo María.
Milagros tomó el rosario que estaba colgado á los pies del crucifijo y lo dió á su hija.