«Ahora—añadió ésta,—puedes retirarte... siento sueño. Después que rece un poco me dormiré.»

La Marquesa señaló la hora fija para la expedición del día siguiente. Convinieron en ir las dos, quedándose la madre en el coche mientras la hija entraba á hablar á su marido.

«El corazón me dice que alcanzaremos algo bueno; quizás alguna reconciliación—dijo la mamá besando á la penitente.—Ahora procura dormir y no pienses mucho en santurronerías. Ya ves el resultado de tu terquedad. Francamente, niña mía, yo me pongo en el caso de un marido, de cualquier marido... No es que yo condene la devoción, la verdadera devoción. ¿Por ventura no soy yo piadosa, no soy buena católica, aunque indigna? ¿No cumplo todos los preceptos?... Eso de la santidad hay que pensarlo antes de casarse, antes de contraer ciertos deberes.

—Una cosa me ocurre—dijo María prontamente, demostrando que no pensaba en santurronerías.—Si debo llevar mañana alguna alhaja, alfiler, pulsera, pendientes, puedes traerme lo que gustes de las joyas mías que te llevaste para guardármelas.

—Bueno—replicó la madre algo contrariada.—Pero casi todas tus alhajas necesitaban compostura y las mandé al taller de Ansorena... De todos modos...

—Rafaela me ha dicho que ayer te llevaste toda la plata.

—Sí, sí: toda. Hija de mi alma, me aflige mucho que vivas sola en este caserón. Tiemblo por tí, por tu seguridad. Andan ahora ladrones...

—La plata no me hace falta... Dí, ¿no te llevaste también las cortinas de seda, mis encajes, mi escritorio de ébano y marfil, el tarjetero, los vasos de Zuloaga, las dos jarras de Sèvres, el abanico pintado por Zamacois, la acuarela de Fortuny y no sé qué más?

—¡Oh! Tienes más memoria de lo que parece...—dijo la Tellería disimulando su turbación.—Todo me lo llevé. Esas preciosidades no debían estar expuestas á un golpe de mano. ¿Sabes tú cómo está Madrid de rateros?...

—Mira, mamá—prosiguió María, dando una vuelta en su lecho:—tráeme también mi reloj, porque es preciso saber la hora, la hora fija.