—Te creías libre... ¡pobre hombre!... libre para correr sin camino... por un freno... digo, para correr sin freno, por un camino de infamias. No contabas con mi... con mi...»
Los discursos que traía perfectamente ordenados en su cabeza, se evaporaban palabra tras palabra. Hizo un esfuerzo de memoria para recordar una frase que creía de efecto; pero la frase se le iba, se le escapaba. Apenas pudo atrapar al vuelo una palabra, y gritó con voz ronca: «¡Presidiario!»
León se sonrió ligeramente; María dijo:
«¡Presidiario!... yo soy la policía.
—Bien—dijo León con serenidad, apoderándose al punto de aquella idea.—Convengo en que soy presidiario, en que tú eres la policía; pero no tienes cadena para atarme, que tú misma la has roto.»
María había preparado sus frases contando siempre con que su marido le diría algo que ella imaginaba; mas como León no dijo aquello, sino otras cosas, he aquí que la aturdida esposa estaba como el histrión que ha olvidado sus papeles.
«¡La cadena!—murmuró no comprendiendo en el primer momento.—¿Dices que yo la he roto?
—Sí: tú la has roto. Mi libertad ¿quién me la ha dado sino tú?
—Eres un malvado, un libertino, un ingrato—dijo la dama cayendo en las recriminaciones vulgares de todas las esposas ofendidas.—¿De qué libertad hablas? Tú no la tienes, tú eres mi esposo, y estás atado á mí por un lazo que nadie puede desatar sino Dios, porque Dios lo ató. Estos infames materialistas creen que así se juega con el matrimonio, una institución divina.
—Y también humana. Pero no disputemos, María. Concluyamos: ¿á qué has venido?