—¡Pues no pregunta el miserable que á qué he venido! A pedirte cuenta de tu conducta criminal, á sorprenderte en tu infame retiro, á avergonzarte, y, finalmente, á despreciarte.

—Podías haberme despreciado en tu casa.

—Es que he querido ver si tenías un resto de pudor y vergüenza; si te turbabas delante de mí; si te atrevías á confesarme tu falta...

—Ya ves que me he turbado un poco—dijo León alzando los ojos.—En cuanto á faltas, si alguna he cometido, no eres tú á quien debo confesarla.

—¡Qué descarada perversidad!... Pues también he venido á otra cosa—añadió la penitente lívida de ira:—he venido con la esperanza de encontrar aquí á esa liviana mujer, para darle el nombre que merece y...»

Sus manos se engarfiaron una contra otra y apretó los párpados fuertemente.

«¿Qué mujer?

—¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Oh! No la nombro, porque me parece que la boca se me mancha... ¿Te atreverías á sostener que no tienes relaciones criminales con ella?

—¿Con quién?