—Con esa,—dijo señalando con energía á Suertebella.
—María—repuso León palideciendo.—No quiero verte convertida en propagadora de hablillas miserables... Muy difícil me será dejar de respetarte; pero si quieres que no falte jamás á la consideración que debo, no toques esa cuestión, calla, déjame, márchate. Tú no necesitas ya de mi afecto, puesto que te basta con tu religión; vete á tus altares y déjame á mí solo con mi conciencia.»
María se recogió en sí, contrayendo los brazos contra el pecho cual una fiera que ataca, y vióse en sus ojos verdes como un obscurecimiento vidrioso, precursor de un brillo más grande.
«¡Ladrón, infame!—exclamó.—¿Tienes el atrevimiento de arrojarme á mí, la mujer legítima, la mujer que te posee y que no te soltará, no, no te soltará, porque Dios le ha dicho que no te suelte?... ¿Quién eres tú, miserable, para romper un Sacramento, para dar una bofetada al Padre de todas las criaturas?
—¡Romper Sacramentos yo!... ¿yo?»
Al decir esto León, se levantaba.
«¿Yo?—repitió acercándose á su mujer.—Yo no he roto el Sacramento.
—¿Pues quién?
—Tú,—afirmó él apuntando á su esposa tan enérgicamente con el dedo índice, que parecía querer sacarle los ojos.
—¡Yo!