—Tú, tú lo hiciste pedazos, cuando apremiada por mí para salvar nuestra mutua paz me dijiste: «Mi Dios me manda contestarte que no te ame.»

María quedóse un momento lela y aturdida. Su viva cólera había cedido un poco.

«Es verdad que dije eso... sí, y en verdad si querías mi amor, ¿por qué no te apresuraste á merecerlo, haciéndote cristiano católico? A pesar de tu horrible ateísmo, yo no puedo decir que no te amase... algo... ¿Por qué no eres como yo? ¿Por qué no me imitabas en mi piedad?

—Porque no podía—dijo León con sarcasmo;—porque hay algunas clases de piedad que están fuera del orden natural, que son locas, absurdas, ridículamente necias... Conste, pues, que el Sacramento lo rompiste tú, tú misma.

—Pero yo—dijo María, cogiendo al vuelo un argumento irresistible,—he sido fiel, tú no.»

León vaciló un instante.

«Yo también lo he sido. Ante Dios y por la memoria de mi madre y de mi padre, juro que lo he sido. Fiel, cariñoso y atento contigo por todo extremo he sido yo cuando tú, arrastrada á una santidad enfermiza por las ardientes amonestaciones de tu hermano, pusiste una muralla de hielo entre tu corazón y el mío. Me negaste hasta las palabras íntimas y dulces, que suelen suplir á los afectos cuando los afectos se han ido; me mortificaste con tus necios escrúpulos, con tus recriminaciones crueles, que tenían no sé qué semejanza con las injurias del populacho; me hiciste en mi propia casa un vacío horrible; todo me lo teñiste de un lúgubre negror frío que me oprimía el corazón, me agostaba las ideas, me inclinaba á las violencias; tuviste á gala el despojarte de las gracias, de la pulcritud, hasta del bien parecer que hace agradables á las personas, y para mortificarme más te vestías ridícula, y parecía que tu orgullo estribaba en serme repulsiva, odiosa. Toda palabra mía era para tí una blasfemia; toda disposición mía dentro de la casa, un crimen digno de la Inquisición. ¡Ah, insensata! ya que abrazaste la carrera de la santidad con tanto entusiasmo, ¿por qué no imitaste de mí la paciencia, aquella virtud evangélica con que sufrí tu soberbia vestida de humildad, tu aspereza anticristiana, tu devoción que, por lo insolente, por lo chabacana, parecía más bien la travesura de todos los demonios juntos representando una comedia de ángeles con máscaras de cartón?... ¡Y á mí que he sufrido esto, que me he visto odiado y escarnecido por tí, siendo un modelo de tolerancia, vienes á pedirme cuentas en vez de perdón!... perdón, María, que es la única palabra que hoy cuadra en tu boca. Al esposo á quien se ha dicho que no se le ama, no se le piden cuentas. Demasiado prudente he sido y soy, cuando á pesar de todo, aún no me he atrevido á declarar roto nuestro matrimonio, aún te tengo por esposa, aún me siento ligado á tí, y no pido libertad, sino paz; no pido compensación, sino descanso.

—Casi casi podrías tener alguna queja de mí—dijo María, abrumada por el apóstrofe de su marido,—si desde aquella época me hubieras guardado la fidelidad que yo á tí te he guardado. Pero no lo has hecho, no: me has sido infiel desde hace mucho tiempo.

—Falso.

—Sí: infiel, infiel—afirmó la esposa insistiendo en el argumento fuerte y de más efecto, y dando sobre aquel yunque con fiera energía.—En vez de defenderte de este cargo, me has acusado; es el procedimiento de todos los criminales marrulleros... Yo estaba ciega, ignorante de tus perfidias. Tú me engañabas miserablemente.