Le faltó la voz. Transfigurada y sin color como el moribundo, no pudo hallar para el desahogo de su alma lenguaje más propio que apoderarse de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.

«Hemos llegado á una situación difícil—dijo él.—Afrontémosla con dignidad.

—¿Situación difícil?—indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa, como si la situación le pareciera á ella muy fácil.

—Sí; porque á estas horas somos víctimas de la calumnia.»

Pepa alzó los hombros, como queriendo decir: «¿Y qué me importa á mí la calumnia?

—Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir á vivir tan cerca de tí.

—¿Falta? ¿Falta venir aquí?—dijo la dama dando á entender que si aquello era falta, también lo era la salida del sol.

—Falta ha sido. Te advierto que yo, á quien muchos tienen por hombre de entendimiento, me equivoco siempre en las cosas prácticas.»

Pepa indicó su conformidad con aquella idea.

«Mi último error ha desatado la lengua á la maledicencia, ¡Pobre amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que á los dos meses de viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un odioso trabajo retrospectivo, dando á nuestras relaciones criminales un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.