—¿Cuál?
—Que Monina es hija mía.»
Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente, no sabemos de qué modo, dijo:
«Pues bien: cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no debemos afligirnos por ella.
—¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede estrellarse?—le dijo León con serenidad.—¿Lo sabes tú? Pues es la inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, ó mejor dicho, parcial. Las hablillas que nos agobian llevan en sí algo de fundado: se equivocan sólo en los hechos. Mienten cuando dicen que soy tu amante y que vivimos juntos; pero aciertan cuando dicen que te amo. Mienten cuando dicen que Monina es hija mía; pero...»
Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de la boca para exclamar con júbilo:
«Pero aciertan al decir que la adoras como su fuera tu hija: lo mismo da.
—La calumnia se equivoca en los hechos; pero á falta de hechos hay intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que somos inocentes?
—No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de justicia—afirmó Pepa con acento patético.—¡La miro con menos horror del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!... Tú eres una persona de rectitud y de conciencia; yo no lo soy. Estoy acostumbrada á cultivar, acariciándolos en el secreto y en la soledad de mi alma, sentimientos contrarios á mi deber; yo soy una mujer mala, León; yo no merezco ese afecto tardío que sientes por mí; yo soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso que tú tienes á la calumnia.