—Pepa, Pepa, no hables de ese modo—dijo León estrechando la mano de su amiga.—No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma, cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos mis afectos.

—¡Oh! Si no te gusto así—replicó la de Fúcar en un tono de amargura y dolor que obscurecía sus palabras,—¿por qué no viniste á tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa pasión, tan propia y tan digna de tí! Si hubieras venido á tiempo, dignándote agraciar con una palabra de amor á la voluntariosa, á la pobre loca, á la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías descubierto, tesoro íntegramente reservado para tí y que en tus manos habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo era una calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos gratos sino en las manos para que se creía nacido. Fuera de mi dueño natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy escaso sentido moral. Yo he llevado una vida de lucha incansable y espantosa conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista como tú; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde á sí mismo; no creo al mundo con derecho á exigirme que me atormente más, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de lo mucho que me debes, queriéndome un poco.»

No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y rompió á llorar.

«Mi necio orgullo—dijo León, más bien acusándose que defendiéndose,—nos hizo á entrambos desgraciados. ¡Que aquel desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los infortunios ocasionados por mi error sean para mí!

—No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fué tuya. Yo no tenía más cualidad buena que la de quererte; yo hacía locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes á mí, después de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!»

Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un gesto de pavura, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó sordamente:

«¡Tu mujer vive!»

No encontró León palabras para comentar ni para atenuar la terrible elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.

«¡La hermosa, la santa, la perfecta!...—añadió Pepa con júbilo.—¿Pero no es así más grande mi triunfo? Has venido á mí, la abandonas.