—No, no...—dijo León vivamente.—Yo he sido abandonado. Yo he querido á mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta ahora, hasta ahora que lo he roto.
—Bien roto está—afirmó la de Fúcar briosa.—¿Por qué temes el fallo de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?
—Pepa, amiga querida, tu despreocupación me causa miedo.
—Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral: lo perdí, me lo quitaste tú con la última ilusión. Perder toda ilusión ¿no equivale á ser mala? Yo fuí mala desde aquella noche horrenda en que la última esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma dejándome yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado á un río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice. Si al menos hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era un salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios. ¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El despecho me inclinaba á entregar al menos digno lo que yo reservaba para el más digno. ¿No había podido obtener el primero? Pues me entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar? Pues lo mismo quería hacer conmigo. ¿De qué servía mi pobre ser despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien! eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer al más cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero! Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, á la joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad, se le abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil, y seré libre.» ¡Pero no pensé en mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía abofeteada por tu honradez, y que á veces mi alma se encariñaba con la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluído. Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo que nunca había yo conocido, tranquilidad. Cuando á mi lado crecía Monina, yo adquirí por don milagroso cultura de espíritu, sensatez, amor al orden, sentido común. Fuí otra, fuí lo que hubiera sido desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado á la paz y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan buena como debería serlo: hay en mí un poco, quizás mucho, de falta de temor de Dios; no me hallo dispuesta á sacrificar mis sentimientos á las leyes que tanto me han martirizado, y así te digo: libre soy, libre eres...
—Yo...
—Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has sido abandonado?
—Sí.»
Vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.
«¡Oh, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre yo!—exclamó Pepa con desesperación.—Bien, bien.