—Abandonada no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.»
Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma á lo que iba á decir.
«Soy casado. No amo á mi mujer ni soy amado por ella; somos incompatibles; entre los dos existe un abismo; nos separa una antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado á ser extraña para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino la religión. ¿De qué acuso á mi mujer? De que es fanática creyente en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A veces viene á mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo á llamar demencia á la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el límite entre la piedad y el fanatismo.»
Al expresarse así en frases entrecortadas y preguntas y respuestas, la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.
«Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio como lo es la fidelidad—añadió;—pero no ha escarnecido ni llenado de befa mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me declare libre?
—Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el matrimonio.
—Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro á mi conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella?» Así como ella tiene creencias que la impelen á aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible? ¿Por ventura no seré también fanático?
—¡Tú no: ella, ella!—afirmó Pepa con encono.
—En el extremo á que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es más culpable? María es incapaz de toda acción verdaderamente deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero su fidelidad no puede ponerse en duda. A mí no me ama; pero tampoco á otro. ¿Por ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?»
Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar salida á aquel dédalo terrible.