«Y en caso de que pueda declararme libre—dijo al fin,—no puedo unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima... hijos deshonrados y sin nombre... No creas tú que al hablarte así y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco á las hablillas de Madrid, ni que me fundo, para tratar de ilegitimidad, en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta cuestión tremebunda: obedezco y atiendo á mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oir siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma. Interroga tú también á tu conciencia...»

Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:

«Mi conciencia es amar.»

Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.


XI
Esperar.

«Represéntate—le dijo León,—todo lo que hay de odioso y de disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos sin nombre... la imagen siempre presente de la que...

—No la nombres... te repito que no la nombres—dijo Pepa, procurando que su enojo no pareciera muy violento.—Su fanatismo loco la excluye, la excluye.

—¿Y si también yo soy fanático?