—No importa.
—Bien: contra la turbación que á tu mente y á la mía pueda traer esa idea, hay un remedio.
—¿Cuál?
—Esperar.
—Esperar—murmuró la de Fúcar moviendo la cabeza, en cuyo centro la palabra esperar retumbaba con eco lúgubre.—¡Esperar, ese es mi destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino un tormento.
—¿Ves ese ángel?—le dijo León señalando á Monina, que dormía muy ajena á la tempestad que arrullaba su sueño de pureza.—Pues ahí tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas y tu despecho, aún no extinguido, te empujen por una senda extraviada, pon en el pensamiento á tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre un reflejo de la verdad absoluta.
—¡Es verdad, es verdad!—exclamó Pepa rompiendo en llanto.
—Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera á tu hija ya crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el trastorno de su conciencia pura cuando le digan: «tu madre no esperó á que pasaran dos meses de viudez para tomar por amante á un hombre casado, al esposo de una mujer honrada.»