—¡Oh! no, no—gritó Pepa con súbita indignación.—No le dirán eso.
—Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no habrá de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.
—Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma virtud,» dijo Pepa con brío, anegada en lágrimas.
Callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de mi vida, soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de que puedo darte á quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi pensamiento.»
Después se apartaron de la cama donde dormía la pequeñuela. Pepa se sentó en un ángulo de la sala.
«Ya es hora de que me retire,—indicó León.
—¿Ya?» murmuró la dama con sorpresa y temor, acariciándole con su mirada.
León iba á decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido pasos. El Marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver á León manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la visita.
«Pues qué, ¿está mala la chiquilla?