—Bien: ahora te pregunto yo á tí.»
Se acercó á él y le puso ambas manos sobre los hombros.
«Te pregunto si me quieres todavía.»
La mentira era refractaria al espíritu de León. Consultó primero á su conciencia; pensó que una falsedad galante y generosa le honraría; mas luego sintió que se rebelaban contra él las mentiras galantes. Antes de que acabase de discernir aquel obscuro asunto, la verdad brotó de sus labios diciendo:
«No... Mi Dios, el mío, María, el mío, me manda responderte que no.»
Desplomóse la señora sobre su asiento. Parecía rugir cuando le dijo:
«¡Tu Dios es un bandido!
—No tienes derecho sino á mi respeto.
—¿Amas á otra?—preguntó María mordiendo la punta de su pañuelo y tirando de él.—Dímelo con lealtad... reconozco tu lealtad... confiésamelo y te dejo en paz para siempre.