—Nada, nada más—añadió ella,—sino avergonzarme de haber entrado en esta casa de corrupción y escándalo.»
Humedecía con su lengua sus labios secos; pero labios y lengua estaban juntamente impregnados de un amargor en cuya comparación el acíbar es miel deliciosa. María quiso escupir algo, escupir aquel otra que le parecía el zumo de una fruta cogida en los jardines del infierno. Sus labios se dejaron morder por los dientes hasta echar sangre.
«¡Qué vergüenza!—murmuró.—¡Haber descendido á tanto... arrastrarme á los pies del miserable... una mujer como yo, una mujer...!»
La rabia no la dejaba llorar, ni aun siquiera llorar de rabia.
«¡Verme despreciada!...
—Despreciada, no,—dijo el marido haciendo un movimiento generoso hacia ella.
—Despreciada como una mujer cualquiera, como una...
—Desprecio, jamás...
—Ni siquiera...
—Acaba...