«¿No he de ser horrible para tí, si soy mujer cristiana y tú un desdichado ateo materialista?... Y yo he cometido la falta, ¿qué digo falta? el crimen de apartar los ojos por un momento de mi Dios salvador y consolador para fijarlos en tí, hombre sin fe; de haberme despojado de mi sayal negro para vestirme estos asquerosos trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de solicitarte... ¡No, no: Dios no me lo puede perdonar!»
Y exaltada, delirante, levantóse con horror de sí misma; se llevó las manos á la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco tirón dado al sombrero deshizo el peinado, frágilmente compuesto por ella misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y desmelenada, con el rostro trágico, la mirada felina, marchó hacia su esposo, y en voz baja le dijo:
«Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado á mi Dios, he olvidado mi deber y mi dignidad por tí, miserable. Ya no merezco que me llamen santa, porque las santas...»
Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de horror, añadió:
«Las mujeres consagradas á Dios no se visten con este uniforme del vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles harapos!»
Arrancó lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil, rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran, aun con los guantes puestos, dos garras terribles, capaces de hacer trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos de modista. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.
«¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo á mi Dios, á mi vida recogida, indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque te ha gustado á tí; vuelvo á la paz de mis ocupaciones religiosas, á la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve á los ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus festines; vuelvo á mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de olvidarte, y en su obscuridad las hermosas tinieblas de no verte á tí... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se dignó concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré á hacer más!»
Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente, escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada, aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercóse á ella echándole los brazos, la levantó, sentóla en la silla.
«¡María, por Dios!—le dijo.—No hagas locuras. Tú misma... Serénate...»