María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar el desorden de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido, que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le apretaban como cuando se va á poner un sello en seco; y después una voz sorda, un gemido que así decía:
«Te ahogo, te ahogo si quieres á otra... ¿No soy yo guapa, no soy yo más hermosa que ninguna?... A mí sola... á mí... sola.»
Después el vigoroso abrazo cesó lentamente; cedió toda fuerza muscular y nerviosa. Apartó de sí León aquellos brazos ya flexibles, que cayeron al punto exánimes, y cayó también la pálida cabeza sobre el pecho, velada por su propia melena como la del tétrico y maravillosamente hermoso Cristo de Velázquez. Después distinguió una ligera contracción espasmódica que corría por el cuello y el seno de su mujer, haciendo temblar su epidermis, y oyó un murmullo profundo que dijo: «Muerte... pecado!»
María quedó inerte. Su marido le tocó el corazón: no latía. El pulso... tampoco... Salió afuera gritando: «¡Socorro!»
Desde que abrió la puerta se presentó gente. En la escalera y en la corraliza la curiosidad había reunido á no pocos vecinos, porque se habían sentido voces, porque la que gritaba era la esposa del Sr. Roch, y una esposa que grita es objeto de la general atención. Subieron, entraron. También llegó el Marqués de Fúcar, que fué á enterar á León de su encargo. Aturdidos todos, no sabían qué hacer.
«Que la lleven al punto á mi casa—dijo Fúcar.—¿Hay aquí cordiales fuertes? ¿Hay...? Lo primero que hace falta es una cama, un médico... Llevémosla á mi casa.
—Que venga aquí el médico,—dijo León.
—¿En dónde la acostamos?» repitió Fúcar, mirando á todos lados.
Los colchones y camas, lo mismo que los demás muebles, habían sido llevados ya.
«¿Y mi cama?—indicó Facunda.—No la tiene mejor un rey.