—¡Quite usted allá!... A ver... parece que late el corazón.
—Sí: late, late,—dijo León con esperanza.
—Esto no es nada... un síncope... Todo por una disputa... He aquí los resultados de la exageración... Pero es preciso acostarla... A ver, envolvámosla en una manta... ¡Una manta!»
Era el Marqués de Fúcar hombre á propósito para las situaciones rápidas que exigen don de mando, energía y gran presteza en ejecutar un pensamiento salvador. Cuatro robustos brazos levantaron á María, después de abrigarla cuidadosamente con una manta, y la transportaron fuera de la casa. Parecía un cuerpo amortajado que llevaban á enterrar. León vió hacer esto y lo permitió como habría permitido otra cosa cualquiera sin darse cuenta de ello. Pasó mucho tiempo antes de comprender que aquella traslación, si por un lado era conveniente, por otro no. Cuando quiso oponerse, el triste convoy estaba ya en marcha.
Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vió entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente el vestido roto el pelo en desorden... La entraron en la primera habitación que se encontró á propósito, y la pusieron sobre la cama.
«Han olvidado lo principal—dijo Pepa:—aflojarle el corsé.
—Es verdad: ¡qué idiotas somos!»
Diciendo esto, D. Pedro cortó con una navaja las cuerdas del corsé. El médico entró, y cuando todos se retiraron, menos León y los Fúcares, habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio á Madrid llamando á uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero algo más había, porque la infeliz dama, al volver en sí, deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía á nadie, ni aun á su esposo.
Después cayó en profundo sopor. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.
«Ahora—dijo,—dejarla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.»