El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice á la boca, ordenó silencio. León y el Marqués de Fúcar callaban, contemplando á la enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:
«Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me encargo de cuidarla: yo me encargo de todo.
—No—le dijo León prontamente:—te ruego que no aparezcas en este cuarto.»
Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos de puntillas. León se sentó juntó al lecho. Aún le duraba el aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. La penitente reposaba con apariencias de sosegado sueño. El desdichado esposo miró á todos lados, observó la estancia, dió un suspiro, tuvo miedo. De pronto vió que Pepa entraba con paso muy quedo por una puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.
Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como curiosidad. Más pálida que la enferma, su semblante era cadavérico. Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un fantasma. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía detenerla, y adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al propio tiempo más tremenda del Universo.
Tras ella entró Monina, deslizándose paso á paso como un gatito que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose á su madre y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba á la cama y decía: «Moña meta.»
Moña meta, que quiere decir muñeca muerta.