TERCERA PARTE
I
Vuelve en sí.
Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia, recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el hado social, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento á la honda.»
Pensando éstas y otras cosas no cesaba de atender solícito á la enfermedad de su mujer. María Egipciaca había vuelto de su estado comático varias veces durante el día; pero su mente seguía turbada; á nadie conocía, ni acertaba á formular una frase con sentido. Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio ó entraña de su cuerpo sentía, quiso lanzarse del lecho. Fué preciso emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud cesó, aunque no la fiebre. En su sueño decía no pocas palabras claras y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones, y, por último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: «¡No, á ese no, á ese no: es mío!»
Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró á las paredes, al techo, á la cama, á los muebles, cual si á todas aquellas partes pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin cansancio, al carril de la cordura. Vió á un hombre junto al lecho, solo con ella, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la enferma expresaron un sentimiento dulce.
«¿Tú?» murmuró sonriendo.
León se acercó, inclinándose hacia ella. Cuando metía su mano entre las sábanas para buscar la de ella y tomarle el pulso, María se apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo con un gemido:
«¡Ay! ¡qué gusto saber que era sueño lo que ví! Te habían pinchado en unos... así como grandes tenedores, y te iban á meter en un horno lleno de fuego. Yo me moría de pena... sentí una opresión... grité...»
El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi no tenían ni forma ni color, cayó en unas profundidades pavorosas, donde no había nada, á no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo obscuro, y el asombro de tanta hondura y obscuridad. Pero al sentirse en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra lanzada al abismo, vió con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno. Bien se comprenderá que la mística dama vería la cità dolente y sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida real, guiándose por descripciones escritas y por minuciosas estampas. Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante á las que vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, á María Egipciaca se le representaban las zahurdas infernales como inmensos túneles de ferrocarril, ó bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de humo y pestilencia, ó también cual negro taller de fundición y forja, donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril ó poceros de alcantarilla, con los infelices jornaleros de minas hulleras, con los cíclopes de Sheffield ó Birmingham y aun con otros industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos estaban empapados en pringoso sudor, semejante á la infecta grasa de las máquinas.