Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles, galerías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro había un barullo, un estrépito, un vértigo del cual la dama no habría podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil trenes á gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran, haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en todas direcciones para volver á reunirse. Las locomotoras eran en la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno. Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas pupilas, expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto infinitamente ancho y vaporoso.
En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables visitaron la ya célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que impresionó mucho á la dama, no se borró jamás de su memoria, y en aquella hora de alucinación la imagen del colosal establecimiento tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio eterno á donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres que había visto en Barcelona y en Francia prestaban algún elemento para rematar el horrible cuadro. Veía que algunos precitos eran puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, ó bien pasados por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados luego á los hornos de luz blanca, tornaban á su forma primera. Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo-pilón de cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los diablillos menores, ó sea la granujería del Infierno, se entretenían en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices, para introducirles con embudillo y cuchara metal derretido, producto de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol, lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y juntándolas todas, es decir, centenares ó millares de lenguas, las ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento que casi parecía incomprensible en nuestro mundo terrenal, á pesar de que está lleno de telares, y es que tejían unos con otros á los condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para formar una cuerda ó ristra, la cual se entretejía con otra hasta formar una gran tela de dolor y lamentos. Sometían esta tela á una especie de torno, donde la estiraban hasta que su tamaño crecía desde kilómetros á leguas, y crujían los huesos, como si por sobre un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al fuego, volvían los individuos á su forma primera, y de su forma prístina á la repetición del mismo entretenido tormento.
Todo esto lo vió María con indecible espanto. Estaba allí y no estaba; no podía gritar, ni tampoco respiraba. Pero llegó un momento en que el dolor se sobrepuso al pánico. Entre los muchos condenados por imperdonables picardías, vió á uno que parecía tener grandes merecimientos pecaminosos, según lo mucho que le atendían los incansables y feísimos diablos y aun las asquerosas diablesas. Era León. María vió cómo se apoderaban de él, cómo le estrujaban entre las horribles manos pringosas, cómo le revolvían en cazuelas hirvientes, sacándole con espumadera y metiéndole con cuchara. Por último, le pincharon con un tridente y le acercaron á la boca de un horno cuyo fuego era tal, que el fuego de nuestro mundo parecería hielo al lado suyo. Entonces María sacó de su pecho un grito, alargó el brazo, la mano... brazo y mano que tenían una lengua... sus dedos se quemaban cercanos al horno....
«¡No, no; á ese no... es mío!»
Aquí tuvo fin la visión. Desapareció como los renglones del libro que se cierra de un golpe. Pero la idea quedaba.
II
¿Se morirá?
María se vió en una habitación grande y desnuda. Su esposo estaba allí delante de ella, entero y vivito. Desconociendo el lugar, la enferma se sentía bien acompañada.
«¿Qué casa es ésta?—preguntó.