—La mía... Tranquilízate... estoy aquí: ¿no me ves?»
María seguía recorriendo con sus ojos las paredes y el elevado techo.
«¡Qué cuarto tan triste!—murmuró dando un suspiro.—Y yo... ¿he venido aquí?»
Se calló, reconcentrada en sí, escudriñando en sus turbios recuerdos. Aquella mañana, después del suceso que bien puede llamarse catástrofe, León había tratado con el Marqués de Fúcar y con Moreno Rubio del mejor modo de llevarse á su mujer á Madrid. D. Pedro encontró peligrosa la idea, y el médico se opuso resueltamente, diciendo que en el estado de la enferma, la traslación, aun con todas las precauciones posibles, podría ser causa de un funesto desenlace. Muy contrariado estaba León con esto, y casi se hubiera atrevido á poner en ejecución su plan de mudanza si Moreno Rubio no le amenazara con retirarse, declinando toda responsabilidad. No pudiendo sacar del palacio de Suertebella á quien por ningún motivo debía estar en él, juzgó que convenía desfigurar el aposento, y con permiso del generoso dueño quitó los cuadros, objetos de arte, porcelanas y baratijas que en él había. De este modo la habitación, que era de las menos lujosas y no tenía tapicerías, sino papel del más común, parecía modesta.
«Sí: viniste aquí—le dijo el marido, tocándole la frente.—Te has puesto un poco mala; pero eso pasará: no es nada.
—¡Ah!—dijo María, herida de súbito por un recuerdo doloroso.—Me trajeron mis celos, tu infidelidad... ¿Pero es ésta aquella casa...?
—Es mi alcoba.
—Estas paredes, este techo tan alto... ¿Por qué no me has llevado al instante á nuestra casa?
—Iremos cuando te repongas.
—¿Qué me ha pasado?