—Yo mismo le traeré.

—¿Tú mismo?

—¿Por qué no? Nada que te agrade puede serme molesto.»

A la sazón entró el médico. León había creído prudente confiarle algunos de sus secretos, pues siendo la dolencia de María motivada por causas morales, convenía suministrar á la ciencia datos de aquel orden delicado. Moreno Rubio y León Roch hallábanse unidos por una amistad sincera, fundada en la bondad del carácter de ambos, y principalmente en la concordancia de sus opiniones científicas. Aquella mañana, cuando León hizo á su amigo las revelaciones indispensables para un acertado diagnóstico, sostuvieron un diálogo interesante, del cual mencionaremos lo más substancial.

«De modo que usted no quiere á su mujer ni poco ni mucho,—dijo Moreno Rubio, que tenía el don de expresar los temas con grandísima claridad.

—La mentira me ha sido siempre muy odiosa—replicó León.—Por tanto, declaro que María no me inspira ninguna clase de cariño. Dos sentimientos guarda aún mi alma hacia ella, y son: una lástima profunda y un poco de respeto.

—Perfectamente. Esos dos sentimientos no bastan á hacer un buen marido; pero hay en su alma otros que pueden hacer de usted, y lo harán de seguro, un hombre benéfico... Respuesta al canto: ¿usted desea que viva su mujer?

—Me ofende usted preguntándomelo. La misma zozobra en que se halla mi conciencia me impele á desear que María no muera.

—Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera—dijo Moreno, poniéndole la mano en el hombro,—es necesario calmar en ella la irritación producida por los celos, harto fundados por desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado, vuelva á su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma vida. El ejemplo le tenemos bien cerca. Apresurémonos, pues, á devolver á ese organismo el compás que ha perdido, y triunfaremos de la espantosa revolución del sistema nervioso que afecta y destroza la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la medida posible, para que, entrando los sentimientos de la enferma en un período de calma, recobre toda la máquina su marcha saludable. Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que no se reproduzca ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que no ha pasado nada; y sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla como á los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo sus caprichos, siempre que éstos pertenezcan al orden de los entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa.»

Después de este substancioso discurso, indicó otra vez León la necesidad apremiante de sacarla de Suertebella, á lo que se opuso decididamente Moreno. Desechado el plan de traslación por homicida (ésta era la expresión del médico), ambos determinaron desfigurar la estancia, traer de Madrid los criados que rodeaban constantemente á María, y otras cosas secundarias y menudas, pero indispensables para el buen propósito de León Roch. Antes de separarse, éste dijo á su amigo: