—¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto. Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡estoy en pecado mortal!

—Lo has soñado, hija, lo has soñado. No temas nada; tranquilízate.

—¡Estoy en pecado mortal!—repitió María, llevándose las manos á la cabeza.—Dime, ¿es también sueño lo que me dijiste...?

—¿Yo?

—¿Que no me querías?

—¿Pues qué podía ser sino sueño?»

María le echó los brazos al cuello y atrajo suavemente hacia su rostro el de su marido.

«Dímelo otra vez para que se me quite el amargor que me dejó aquel mal sueño.»

Los esposos hablaron un instante en voz baja.

«Dame una prueba de tu cariño—le dijo María.—Pues estamos lejos de Madrid, pues no debo salir de tu casa en algunos días, hazme el favor de avisar al Padre Paoletti. Con él quiero hablar.