«Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Pero no hay que desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún. A nosotros nos corresponde auxiliar á la ciencia en la medida de nuestro escaso poder é implorar el auxilio de la Providencia.»
Alzando del suelo sus ojos llenos de turbación, Pepa mostró al Marqués su rostro que parecía de cera. Como quien se aprieta la herida para que arroje más sangre, echó de sí esta pregunta:
«¿Se morirá?
—De eso te hablaba y no me has oído—dijo D. Pedro, que también tenía en aquel día su herida sangrienta.—Nuestro deber es demostrar á esos infelices huéspedes la parte que tomamos en su desgracia. Conduzcámonos como corresponde á nuestro nombre y á esta casa. ¿Conviene que manifestemos con un acto religioso nuestro sincero anhelo de ver fuera de peligro á María Egipciaca? Pues hagámoslo con esplendor y magnificencia. Tenemos aquí una capilla que me ha costado al pie de ochenta mil duros, y que hubiera costado menos cuando los artistas valían más y no tenían tantas pretensiones. Pues bien: es preciso celebrar mañana una misa solemne de rogativa á que asista toda la servidumbre de Suertebella, presidida por tí. Te autorizo para que me gastes en cera lo que se te antoje. Que venga mañana á decir la misa ese bendito cura de Polvoranca, y si quieres traer más curas, vengan todos los que se puedan haber á mano.»
Dijo, y retiróse dando un gran suspiro. Él, que también guardaba un pesar hondo en su alma, ¿quería implorar del cielo favor y misericordia para sí? No sabemos aún cuáles eran las cuitas que tan de improviso habían cambiado la jovial sonrisa del Marqués de Fúcar en mohín displicente. El empréstito, lejos de navegar mal, arribaría pronto al puerto de la realización, después de surcar con buen viento el piélago turbio de nuestra Hacienda, y era seguro que entre Fúcar, Soligny y otros pájaros gordos de Francfort, Amsterdam y la City se tragarían un puñado de millones por intereses, corretaje y comisión. ¿Entonces qué...?
Era la capilla de Suertebella un hermoso monumento construído en un ángulo del palacio, alto de cimbra, grueso de paredes, brillante cual si le hubieran dado charol, con mucho yeso imitando mármoles y pórfidos de diferentes colores, oro de purpurina y panes, que hacía el efecto de una pródiga distribución de botones y entorchados de librea por las impostas, entablamentos y pechinas de aquella arquitectura greco-chino-romana, con muecas góticas y visajes del estilo neoclásico de Munich que nuestros arquitectos emplean en los portales de las casas y en los panteones de los cementerios. El imitado jaspe, el oro, los colorines, parecían moverse circulando en el agua de su redoma.
Por el techo corrían ángeles honestos que antes fueron gentílicas ninfas en el taller del escultor, y en las pinturas de los tímpanos había virtudes teologales que habían sido musas pizpiretas. Todo tenía el deslumbrante lustre que la albañilería moderna da á nuestras alcobas, y que en éstas cuadra á maravilla. Ningún atributo ni alegoría cristiana se les quedó en la paleta, ó en el molde de escayola, á los artistas encargados de decorar aquella gran pieza. Más adelante conoceremos á un chusco que, al decir de la gente, se entretuvo cierto día en dar una explicación humorística y á todas luces irreverente de las figuras que hermoseaban la capilla. Tal matrona de vendados ojos, con un cáliz en la mano, era España, á quien los hacendistas habían puesto de aquella manera para que apurase sin protesta la amargura de su ruína; aquella otra que tenía un ancla y volvía los desconsolados ojos al Cielo, representaba el abatido Comercio, y la que hacía caricias á unos niños era la Beneficencia, símbolo hermoso del interés que á los Fúcares merecen la propiedad y la industria, y de la tierna solicitud con que las conducen por el fácil camino de los hospicios. Los doctores, en número de cuatro y representados en actitud de escribir gravemente con el aquilífero pincel, que dice Fray Gerundio, eran la Prensa, siempre dispuesta á elogiar á los grandes empresarios, que antes de hacer de las suyas, se amparan de las volubles plumas. Aquel barquichuelo que naufragaba en las aguas de Tiberiades era la nave del Estado, donde los oradores y articulistas hacen tantas travesías; los multiplicados panes eran copia gráfica de la entrega y recepción de algunos artículos de contrata; y por último, las atónitas sibilas que no hacían nada, como quien está en Babia, eran la Administración pública. El intérprete de estos símbolos y pinturas bíblicas daba versiones muy atroces de los letreros que corrían por frisos y arquitrabes, y leía: Yo soy Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi casa. Dadme á mí lo que es del César y lo que es de Dios. Por este estilo profano lo explicaba y traducía todo.
La capilla, admitido con indulgencia el gusto moderno en construcciones religiosas, era bonita. Su suelo estaba al nivel de la planta baja y tenía puerta al jardín, por donde entraba el pueblo; su techumbre sobresalía del tejado del palacio, ostentando su poco de torre con campanas. Habíanla dedicado á San Luis Gonzaga, cuya imagen, bien esculpida, ocupaba el altar mayor bajo la gran escena del Calvario. Hízose la piadosa ceremonia tal y como Don Pedro la había dispuesto. No bien despuntara el día, fueron encendidas sobre el altar grande, así como sobre los pequeños, cantidad de finísimas velas; y mil y mil flores olorosas, aprisionadas en elegantes búcaros, tributaban á la idea religiosa la doble ofrenda de su belleza y de su fragancia. Luces y aromas disponían al fervor, hiriendo los sentidos con fuerte estímulo, y llevando el alma á una región de dulce embeleso, donde le era fácil orar y sentir. La servidumbre toda asistía, desde el administrador hasta el último marmitón de las cocinas.
Decía la misa el cura de Polvoranca, humildísimo varón protegido de la casa, viejo, un poco ridículo en apariencia por reunir á la fealdad más acrisolada ciertas excentricidades y manías que, á más de perjudicarle mucho en su carrera eclesiástica, le dieron cierta celebridad. Gozaba en Suertebella de una mezquina renta que D. Pedro le señaló para celebrar el divino oficio los domingos, y para confesar una vez al año á todos los criados, costumbre piadosa que el prócer millonario mantenía en su casa, atento á evitar de este modo muchas trapisondas y latrocinios.