En la tribuna que los señores de Suertebella tenían en su capilla al nivel de las habitaciones del palacio, oyó la misa de rogativa Pepa Fúcar, juntamente con sus doncellas, el aya y Monina, quien no comprendiendo la razón de tanto recogimiento y mutismo, estuvo á punto de alzar la voz y dar un grito en lo más solemne del oficio santo. Sabe Dios las cosas que se habrían oído si el aya no la contuviera, ya tapándole la boca, ya amenazándola con que el Señor le iba á quitar la lengua. Esto hizo efecto, y Monina tuvo paciencia hasta el fin.

Pepa Fúcar estaba de rodillas en su reclinatorio junto al antepecho de la tribuna. ¿Quién podrá saber lo que pensaba durante aquella hora patética, ni lo que á Dios pedía su alma afligida? La misa de rogativa llegó á su fin. Salieron todos, y Pepa se quedó en su puesto observando la actitud recogida que había tomado desde el principio. Apoyada la frente sobre el reclinatorio, medio oculta la cara entre las cruzadas manos, no se le había sentido voz ni suspiro. Cuando alzó el rostro para levantarse, miró al altar un rato sin expresar sentimiento alguno que pueda definirse. Quedaba el reclinatorio como si en él se hubiera derramado un vaso de agua.

La señora dejó la capilla para dirigirse á sus habitaciones. Iba taciturna, los ojos enrojecidos, la boca ligeramente entreabierta, como la de quien necesita respirar mucho y fuerte para no ahogarse. En la puerta de su cuarto encontró á su padre, quien si no había asistido corpóreamente á la misa, había dejado ver su cara por cierto ventanucho que se abría en la Galería de la Risa y daba á la capilla, en la pared lateral de ésta y en el sitio mismo donde estaba pintado San Lucas, el evangélico toro, según reza el de Campazas. Desde allí observó Fúcar la puntual asistencia de sus criados, sin que faltase ninguno, y admiró la magnificencia de la cathedrale pour rire (según el chusco mencionado), y según el dueño, monísima basílica, toda llena de carácter, pues no podía negarse esta cualidad artística á las decoraciones cristianas que había pintado el gran escenógrafo de los teatros de Madrid. Pero hay motivos para pensar que el espíritu del buen Marqués pasó de este orden de consideraciones á otro más elevado. Hallábase apenadísimo aquel día, y sin duda cuando asomó su imponente rostro por el ventanillo, de tal modo que bien pudo confundirse con el de un Evangelista ó Doctor, tuvo en su mente ideas de oración y pidió algo al Autor de todas las cosas. Pero éstas son hipótesis que no tienen valor real, y que sólo se exponen aquí para llenar el vacío que deja la falta absoluta de datos. Lo que sí no tiene duda, es que al encontrar á su hija la detuvo, diciéndole:

«Ya sé que han asistido todos.

—¿Y cómo está hoy?... ¿Se sabe algo?—preguntó Pepa con voz muy débil.

—Hay esperanza, hija mía. Esa desgraciada pasó bien la noche y está mejor, según ha dicho Moreno.

—¿De modo que vivirá?...

—Es muy posible—dijo D. Pedro, demostrando con la indiferencia de la frase que pensaba en otro asunto.—Ciertamente, hija, parece que Dios quiere echar sobre nosotros todas las calamidades.»

Diciendo esto, el pobre señor no pudo dominar su emoción. Abrió los brazos para recibir á su hija, que se arrojaba en ellos, y con voz ahogada exclamó: