«Hija de mi corazón, perla mía, ¡qué desgraciada eres!»

Pepa derramó sobre el pecho de su padre las lágrimas que le sobraron de la misa. Después, D. Pedro, reponiéndose de su emoción, dijo:

«Pero no exageremos... Todavía no hay nada seguro... Mañana...»

Pepa entró en su habitación y el Marqués se fué á la suya, donde examinó por vigésima vez diversas cartas y telegramas que el día anterior hicieron hondísima impresión en su ánimo, casi siempre sereno y claro como el sol y el ambiente de primavera.


III
León Roch hace una visita que le parece mentira.

Consecuente con su natural generoso y deseando cumplir cuanto antes la promesa que á su mujer había hecho, León fué á Madrid y al mismo San Prudencio en busca del Padre Paoletti. Cosa inverosímil en verdad era que él pusiese su planta en aquellos lugares, y así cuando el fámulo le rogó que esperase en la desnuda y pobre sala destinada á locutorio, tuvo tiempo de echar sobre ésta y sobre sí mismo incrédula mirada, sacando en consecuencia que una de las dos cosas, ó él ó la sala, eran pura ilusión de la fantasía.

Muy simple ó muy soberbio es el hombre que se hace juramento de no traspasar jamás el umbral de ésta ó la otra puerta, sin prever que el rápido giro de la vida trae las puertas á nosotros, las abre y nos mete por ellas, sin que nos ocupemos de evitarlo. León no pudo entregarse por mucho tiempo á estas reflexiones, porque apareció ante él un clérigo pequeño, pequeñísimo, de mediana edad, blanco y un sí es no es pueril de rostro, de ojos grandes, vivos y tan investigadores, que no parecía sino que su cara toda era ojos. Con lo exiguo de su cuerpo contrastaba la gravedad de su paso, largo y cadencioso, golpeando duro sobre el suelo, como resultaría del constante uso de zapatos de plomo. Saludó Paoletti á su visitante con exquisita urbanidad, y León, que no estaba para fórmulas, expuso en breves palabras el objeto de su presencia en aquella casa. Paoletti, sentado con cierta tiesura de creyente humilde frente al fatigado ateo, le oía con benevolencia confesional, bajos los ojos, enlazados los dedos de ambas manos y volteando los pulgares uno sobre otro. Debe advertirse que las manos del Padre eran finísimas y pulcras como las de una señorita.

«Vamos allá—dijo alzando los ojos y parando el molinete de los dedos pulgares.—Yo tenía noticia de su viaje á Carabanchel, de su desazón; pero no sabía ni que estuviese grave, ni que la hubieran llevado á Suertebella... ¿al mismo palacio de Suertebella?