«Entre los dos—añadió León,—no existe ya ningún lazo moral. María y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación como un discorde grupo representando la idea del divorcio.

—Un grupo, una obra de arte—dijo Paoletti, deslizando en medio de la nube negra de su severidad un relampaguillo de malicia.

—Una obra de arte, sí... que, como tal, no se ha creado por sí sola, sino que tiene autor. Mi mujer no me ama; creo que habría podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de su carácter, en vez de disminuir sometidas á mi autoridad y á mi cariño, no hubieran aumentado, sometidas á otras corrientes y á otra autoridad. No me ama, ni yo la amo á ella tampoco. Por consiguiente, la reconciliación es imposible.

—No dirá usted—manifestó Paoletti con severidad mezclada de tolerancia,—que no le escucho con paciencia.

—¡Paciencia! Más he tenido yo.

—Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano, caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha venido usted aquí?

—María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á esto, lo hago con gusto.

—Pues vamos,—dijo Paoletti levantándose.

—Falta lo principal—dijo León, tocando la sotana del reverendo.—Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.

—Sí.