—Debo declarar que deseo su restablecimiento—dijo León con calmosa voz.—Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.

—Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa, para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que se escapa...»

León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.

«Pues bien—dijo Paoletti con energía,—yo haré en este particular todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano el estado espiritual de mi querida hija en Dios.

—María está en Suertebella.

—Sí.

—Y es necesario que no comprenda que está allí.

—Bueno... pase—dijo Paoletti mirando al suelo y soltando las palabras por un ángulo de la boca.—Es un engaño que puede disculparse.

—María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente ahora por mí.