—Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este cariño no está bien juzgado por usted.
—María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril, la idea de que amo á otra mujer.
—Alto ahí—dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una pantalla de marfil.—Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe, no cabe. Lo que usted propone es una impostura.
—Es caridad.
—La verdad lo prohibe.
—Lo manda la salud.
—Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas pasiones del mundo.
—Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.
—Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido, cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla; pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...
—¡Sí!—exclamó de súbito León, impresionado por tan graves palabras.—Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»