Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un cecé de reconciliación.
«Al claro talento de usted—dijo devolviendo un piropo recibido poco antes,—no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen grado á consolar á esa desgraciada. Hay más—añadió con un arranque sentimental,—no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente. ¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto, la venero como á un sér superior.
—¿Y qué le dirá usted?
—Lo que deba decirle—contestó Paoletti clavando en León sus dos ojos que parecían doscientos.—Es por demás extraño que quien declara haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la conciencia de su esposa.
—No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,—dijo León sintiéndose muy abatido.
—¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?
—Sí.
—Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un hombre; su purísima conciencia, no.
—Es verdad—dijo León apurando el cáliz.—Su conciencia, yo la entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.
—Perdono la expresión—replicó Paoletti bajando los ojos.—Para concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?