—¿La matará usted?
—¡Yo...!»
Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:
«Le preguntaremos quién es su asesino.»
León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.
«Vamos—dijo con resolución.—A la conciencia de usted dejo este delicado asunto.
—Y en prueba de esa confianza—manifestó el otro, no ocultando su gozo por ir,—prometo conciliar en lo posible la veracidad con la prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará mucho consuelo.
—Vamos.
—Soy con usted al instante,—dijo el clérigo pequeñísimo corriendo, con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero. Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés, añadió: