—Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?

—Gracias—repuso León inclinándose,—gracias.»

Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de Suertebella.


IV
Despedida.

Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante. Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa, porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta, atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de colgárselo de una oreja.

«Estate quieta, Mona; no seas pesada—dijo Pepa.—Ya, ya me figuro á qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven aquí.»

Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los suyos.

«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo adivino—prosiguió.—Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida aunque tuviera que irme sin verte.