—Agradezco tu delicadeza—dijo León.—Márchate á tu casa de Madrid, y por ahora... no te acuerdes de que existo.
—Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques—dijo Pepa, en cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.—Ponte en el suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en contestarme.»
León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse, temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro espejo de su propio pensamiento.
«No me preguntes nada, no me digas nada—manifestó al cabo León.—Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»
Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió decir para sí estas palabras: «Todo lo echaré de mí menos la idea triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se salvará; y yo, esperando, esperando, me moriré.»
León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de su amiga, le dijo cara á cara:
«En los trances duros se conoce la índole generosa ó egoísta de las almas.»
Pepa tembló de pies á cabeza. Después, sosteniendo su frente en un dedo, rígido como clavo de martirio, dijo mirando á sus propias rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona:
«No sé si la mía será egoísta ó generosa. Yo sé que he derramado hace poco algunas lagrimillas pidiendo á Dios que no matara á nadie por culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan á veces nuestras oraciones, y cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que quiere echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí. Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban de sentido á cada instante, y que decir Dios era decir demonio, y decir amor era decir odio, y decir salvarse era decir morirse. La idea sentida y la idea pensada se combatían quitándose una á otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado nada, que no soy buena... ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría bien...»
Se levantó, añadiendo: