V
A almorzar.
El narrador no cree haber faltado á su deber por haber omitido hasta ahora que los Tellerías corrieron en tropel á Suertebella desde que llegó á su noticia el grave mal y estado de María. Ello es tan natural, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles páginas del libro no lo dijeran. Lo que sí conviene apurar, por si la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa) la Marquesa de Tellería, el Marqués y Polito oyeron atónitos de boca de León Roch estas enérgicas palabras:
«No se puede ver á María.
—¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo!—exclamó Milagros sin poder contener su ira.—¡Prohibir á una madre que vea á su pobre hija enferma!...
—¡Y á mí, á su padre!...»
Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la mano traía.
«¿Qué razón hay para esto?