—Alguna razón habrá cuando así lo dispongo,—dijo León...

—Yo quiero entrar á ver á mi hija. Yo quiero verla, asistirla.

—Yo la asisto y la velo.

—¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios! ninguna explicación de esa horrible crueldad?» dijo el Marqués, poniéndose severo, que era lo mismo que si se pusiera cómico.

León les habló del delicadísimo estado moral de María, del gran temor que á él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta entraba en la alcoba de la enferma.

«¿Está sola en este instante?

—Está con su confesor.»

Y Milagros llevó aparte á su yerno y le dijo:

«Verdaderamente no creí que llegaras á tal extremo. Explícate, explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y desventurada hija ignora sin duda que se halla en la misma casa de la querida de su esposo!... Temes que le abra los ojos, temes que la verdad salga de mis labios, como sale siempre, espontánea, natural... porque no sé fingir, porque no sé hacer comedias.