—¡Oh! No, señora: yo no temo nada—dijo León deseando cortar la disputa.—Pero usted no verá á su hija hasta que ella no se restablezca.

—¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... O es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...»

La dama cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de su hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol; brillaron sus ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas.

«¿Hay por ventura proyectos de reconciliación?—dijo entre agrias y maduras.—Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan precedidos de arrepentimiento...

—No hay ni puede haber proyectos de reconciliación,» dijo bruscamente el yerno á punto que entraba en la sala el Marqués de Fúcar.

Este, sobreponiéndose á su tristeza para cumplir los deberes que le imponía la condición de castellano de aquel magnífico castillo, se presentó á saludar á los Tellerías, á compadecerles por la enfermedad de la pobre María, á rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto en ella había. Y como el caso que allí les llevaba no era cosa de un momento, el generoso Fúcar, dando á su hospitalidad un carácter grandioso y caballeresco, conforme á la resonancia europea de su nombre, invitaba á los Tellerías á permanecer allí todo el día, toda la noche y todos los días y noches siguientes, y á comer, cenar, tomar un lunch, un pic-nik ó hispano piscolabis, á descansar, dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa, bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc.

«¡Oh! gracias, gracias... cuánto agradecemos...»

La mano del millonario fué estrujada por la de Tellería, que en su emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio, una mirada al cielo y un apretón de manos, son más elocuentes que cien discursos enalteciendo á los que nos hacen olvidar que vivimos en un siglo corrompido por las ideas materialistas. La Marquesa se esforzaba en dar á su cara la expresión que, según ella, cuadraba más á su occidental belleza, ó que mejor realzaba aquellos pálidos restos, bastante valiosos aún para lucir mucho, si el arte, la coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los presentaba en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con Fúcar, supo llevar á éste por las vías sentimentales con tanta gracia y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo Tellería llevaba á León junto á la ventana para decirle con acento majestuoso:

«Las cosas han llegado á tal extremo, y tu conducta es tan ruín y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación completa, aunque para ello sea preciso llevarte á un terreno...

—Al terreno del honor—dijo León con sarcasmo.—Vea usted: ese es un terreno al cual no será fácil que vayamos juntos...