«Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de aquí, bribón.»

Se oyó un débil gemido que decía:

«Bibón.

—Vete, vete... Voy á castigarle. Hija mía, escupe.»

Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, cerrados los ojos, movió los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía: «Más, más, más.»

Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando les están enseñando un libro de estampas, ó pintando muñecos, ó haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fué que extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden. Era un ademán de gracia que en aquel momento era un gesto trágico. Transcurrido un minuto, reapareció con más fuerza la tos seca y metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre niña y el alarido agudo, semejante el canto de un gallo. El que oye aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La niña se ahogaba, se moría. Pepa dió un grito y cayó al suelo sin sentido.

La llevaron á su habitación. León se quedó junto á la niña. ¡Cuántas cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por entero su alma, como si la pobre Monina representara todo la que el mundo contiene de risueño é interesante. Después de la muerte de su padre no había notado él que su espíritu se aferrase tan fuertemente á un sér querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la madre ni con el padre de Monina, y sin embargo, sentía lo mismo que si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo, íntimamente suyo. Sin duda la madre y la hija se confundían en aquel sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma, no dejándole hueco para ningún otro sentimiento.

Pocos meses antes del ataque de crup había intimado con Monina, entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas á la Mahonesa y á casa de Schropp[A]. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres graves sólo por ir al palacio de Fúcar á jugar con la chiquilla. ¡Era tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente y expresiva su media lengua sin gramática!... hacía observaciones tan agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad y dulzura... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es capaz un hombre con barbas; habíala paseado en sus brazos; había intentado enseñarla á bien decir, á hacer limosnas, á perdonar las ofensas, á compadecer á los pobres, á no castigar á los animales, á obedecer á su mamá, á responder derechamente á las preguntas, á no llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado á verla sonreir, y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces? Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por su abuela materna la difunta Marquesa de Fúcar. Poco á su madre se parecía porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín, toda seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado, inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el lenguaje), seducía. Y si le entraba la comezón de no estar quieta en ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los ojos mareados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras en sus mejillas; la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con que los niños asustan á los sabios.

[A] Bazar de juguetes que ya no existe.

¡Qué espantosa transformación! El término de un día había bastado para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no quedaría en la tierra más que un objeto marchito un envoltorio ajado y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea atormentaba á León de tal modo, que no podía resignarse á ella. No, Monina no debía morir: á él le hacía falta aquella preciosa vida. ¿Por qué? No sabía por qué; sólo sabía que en lo más íntimo de su sér había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del cual tiraba Ramona al quererse partir para el cielo. Días antes, el tal sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin consecuencias; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces, que si se rompían, ¡ay! arrancarían un pedazo muy grande de su alma.