Inmensa era la desolación. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija á la madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres vivos.

El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se apartaba de allí, indicaron á León un desenlace funesto. Pepa le miró llenos de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin declamación, pudo tartamudear estas palabras:

«¡Se me muere!»

León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa añadió:

«No hay esperanza... Moreno Rubio ha dicho que no hay ya esperanza... que ya...»

No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó lágrimas sin fin.

La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había conocido á Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical travesura placeres inefables. Esto solo no bastaba quizás á explicar que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no era su hija, y el dolor de una madre que no era su mujer.

Para que el crup sea más cruel, tiene sus traidores descansos, precursores siempre de una crisis mayor. El infame afloja su dogal para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce la vida. Después vuelve á apretar hasta que concluye todo. Cuando pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos llaman falsas mejoras. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina logró expulsar algo de las falsas membranas que se le habían formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus ojos. Movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió á cubrirla y á arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se había desabrigado. Cuando Monina vió á León, gimió con ese lloro displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna persona al lado de su madre ó de la enfermera que los cuida.

Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros sentimientos de la criatura en la tierra.