«No, señora, no tenga usted grandes esperanzas—dijo el médico.—Esta reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa mejoría como antes... Retírese usted á descansar un momento.

—¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salva!

—Todavía...

—Suda más,—murmuró Pepa con los ojos tan abiertos, que más parecía aterrada que alegre.

—Sí: suda, y mucho.

—¡Muchísimo!—exclamó la madre, cuya imaginación sobrexcitada agrandaba el fenómeno sudorífico de tal modo, que la humedad de la piel de Monina le parecía un río.—¡Si Dios quisiera, si Dios quisiera conservarme mi tesoro!...

Y se arrodilló junto á la cama. Extendía sobre la niña sus manos sin atreverse á tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su respiración empezaba á suavizarse.

«¿Será posible?... Doctor...

—Nada, nada—declaró el inflexible Moreno.—La esperanza es muy exigua todavía. Veremos si sigue...