—¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre sola! León, ¿qué opinas tú?
—¡Yo!... no sé—replicó León con ansia.—No sé... parece que me dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una corazonada... Quién sabe... quién sabe... es posible...»
Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría.
«¡Oh! ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... Y si nos engañáramos... y si nos equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía! ¿por qué me dais esperanza, si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi vida, de mi casa, de mi alma?»
Dió varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente, que no sabe qué hacer.
«Recemos, recemos—dijo al fin.—La Virgen me ha oído... Le rogaré más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León; ¿por qué no rezas tú también?
—También rezo,—replicó León inclinando la frente.
—¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será oído. ¿De qué modo rezas tú?»
Y tomándole el brazo le impulsó con energía hacia la imagen iluminada. En aquellos momentos de frenesí, la fuerza muscular de Pepa era prodigiosa.
«Como tú quieras,» dijo León, que no era dueño de sí mismo.