Él no se dió cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla en tierra, de cómo alzó los ojos exclamando con voz conmovida: «Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!»
¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae de rodillas y reza á su modo!... Voy creyendo que es tontería contar estas cosas que nada tienen de particular.
V
La madre.
¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, transcurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande, que parecía tocada de locura; llorando reía, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes, anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; á veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.
Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia, que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del cielo. Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así:
«Ya es hora de poder decir algo positivo.
—¿Sí?