—Mi hija...
—Pues la niña—añadió el médico estrechando la mano de Pepa,—está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica, obrando sobre la mucosa, nos ha devuelto la joya que creíamos perdida.»
Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.
«No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza, y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, ó mejor dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.»
Después de dar breves instrucciones, se retiró. Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso á rezar, estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vió á Pepa junto á él.
«¡Qué día y qué noche has pasado!—le dijo ésta.—Horas de ansiedad, de muerte, y después de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya...
—Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no puedo explicarme. Paréceme una aberración, una locura.
—¡Locura!... eso no. Yo quiero que ames á mi hija. Mira, León: si vivo mil años no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidaré será aquel momento, que fué el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego.
—No sé qué dices.
—Ni yo tampoco—replicó la de Fúcar inclinándose hacia León.—Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración ó desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo á mi hija?... ¿es verdad que conservo á este ángel para que me acompañe en mi soledad?»