La energía de León abrumó al pobre Marqués, que estaba anonadado. La rudeza de la negativa quitóle por algún tiempo el uso de la palabra. Al fin, balbuciendo y rebuscando las frases aquí y allá, como el que recoge las cuentas de un rosario que se rompe en medio de la calle, pudo hablar así:

«No te pido limosna... No está en mi carácter... Siempre que he apelado á tu generosidad ha sido... con garantía é intereses.

—Garantía de pura fórmula, intereses ilusorios que he admitido por delicadeza, para cubrir la donación con la vestidura de un préstamo hipotecario. ¿Qué garantía ha de dar quien ya no tiene ni tierras, ni casas, ni una hilacha que no esté en manos de los acreedores? Lo que yo he hecho no es generosidad, señor Marqués: es un verdadero crimen. No he amparado á menesterosos, sino que he protegido el vicio.

—¡Por Dios!—dijo Tellería tembloroso y aturdido;—recuerda... Tus larguezas con mis hijos y con mi mujer han sido la correspondencia natural del amor que te tenemos... Acabemos, León: ha llegado el momento crítico de mi vida. Se trata de salvar la honra de mi casa.

—Su casa de usted ya no tiene honra, hace tiempo que no la tiene.»

Irguió el Marqués su afeminada cabecilla; tiñéronse de una púrpura sanguinolenta sus apergaminados carrillos, y sus ojos brillaron como si hubiera pasado rápidamente por delante de ellos una luz. Creeríase que aquel hombre, tan debilitado moral como físicamente, buscaba en el fondo de su alma un resto de dignidad, y lo tomaba y lo esgrimía como el soldado cobarde que, no habiendo hecho nada durante la batalla, quiere en el último instante de pelea contestar con una muerte gloriosa á los denuestos de sus compañeros. Pero León tenía sobre él tan gran ascendiente, que el desgraciado prócer no halló fuerzas para alzar la voz, y sólo pudo echar de sí un gemido. Dejando caer después su abatida cabeza sobre el pecho, oyó como un estúpido. Era el árbol carcomido y seco que esperaba el último hachazo.

«Su casa de usted no tiene ya honra—repitió León,—á no ser que demos á las palabras un valor convencional y ficticio. La honra verdadera no consiste en formulillas que se dicen á cada paso para escudar debilidades y miserias; se funda en las acciones nobles, en la conducta juiciosa y prudente, en el orden doméstico, en la veracidad de las palabras. Donde esto no existe, ¿cómo ha de haber honra? Donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad, ¿cómo ha de haber honra? Puesto que estamos aquí en familia, podemos pasar una revista á la conducta de Milagros, á la de Polito, á la de usted mismo.»

El Marqués extendió la mano, queriendo rogar á su yerno con gesto suplicante que no pasara ninguna revista. León, no obstante, creyó necesario decir algo.

«Te ruego—repuso Tellería con afligido tono,—que no me recuerdes eso que amargamente deploro. Cierto que he tenido devaneos... ¿quién no los tiene? El mundo es así... ¿Eso qué significa?... Ahora que me ahogo, León, dame la mano ó déjame morir; pero no me inculpes, no me crucifiques más de lo que estoy. Es verdad que no debo apelar tantas veces á tu generosidad; pero las circunstancias en que yo y tú nos hallamos son muy distintas. Yo tengo hijos, tú no los tienes.

—Pero...» murmuró León.