Sin duda quiso decir: «Pero puedo tenerlos.» El Marqués contempló un rato á las dos niñas que jugaban en medio del cuarto.

«Para concluir—dijo León Roch.—Cuente usted con una pensión suficiente para vivir con modestia y decencia. Es todo lo que puedo hacer. Ni yo tengo minas de oro, ni si las tuviera bastarían á llenar una vez y otra esos hoyos que abren ustedes cada poco tiempo.»

D. Agustín palideció, y mirando al suelo movió las mandíbulas, como quien revuelve en la boca el hueso de una fruta.

«Una pensión...» murmuró.

En efecto: la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su relajación moral, que no se creía rebajado implorando un préstamo con garantías ilusorias, equivalentes á una reserva mental de no pagar nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su sér al recibir una pensión que llamaba él una bofetada de pan.

Además, su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes crisis de escándalo, para seguir después, alta la frente, seguro el paso, por el mismo camino de la dilapidación y del fraude, cuyos recodos y atajos conoce á maravilla. Pero el respeto del Marqués á las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle á velar su pensamiento y aun á mostrarse agradecido por aquel potaje de San Bernardino que su yerno le ofrecía.

«Una pensión...—dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de fruta.—Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es que no resolvemos nada con eso. El naufragio subsiste, y tu pensión es una playa que está á cien leguas de distancia...»

No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido, instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones distintas, cual si quisieran amenazar á todo el género humano. Sus mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y cartilaginosas; que sus sienes, oprimidas y surcadas de venas verdes, tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando el inflexible yerno dijo con su tono decisivo é inapelable: «la pensión y nada más que la pensión,» D. Agustín de Sudre marchaba con veloz descenso á la decrepitud. Después de meditar un rato sobre su desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el espumarajo de la rabia, dijo á su yerno:

«Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho desgraciada á nuestra querida hija.