—¡Que yo la hago desgraciada!—exclamó León con flema.

—Sí: muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración á tí, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos paternales se despiertan vivamente en nosotros, y no podemos callar viendo el dolor de ese ángel... Pues qué, ¿crees tú que la pena ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?»

Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder ó picar cuando se sienten aplastados. Herido en su orgullo y burlado en sus locas esperanzas, el Marqués sacaba su aguijoncillo.

«Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere usted como padre recibir explicaciones? Si es así, preciso es confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes que me separé resueltamente de María.

—Pero no por tardar dejo de hacerlo—dijo D. Agustín reanimándose al ver en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor situación que el valiente.—Soy padre, y padre amantísimo. Lo que has hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué, ¿no merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que educada en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué, ¿ya no hay creencias, ya no hay fe; hemos de gobernar el mundo y la familia con las utopias de los ateos?

—¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia?—dijo León tomando á burlas la severidad de su suegro.—¿Ni cuándo ha sabido usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni nada?...

—Es verdad: yo no soy sabio, no puedo hablar de esto—replicó Tellería, reconociéndose incompetente.—No sé nada; pero hay en mí sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado á pesar de mis errores, y con esas ideas afirmo que al separarte de María, has conculcado las leyes morales que rigen á la sociedad, todo lo que hay de más venerando en la conciencia humana

Este trozo de artículo de periódico exasperó á León tal vez más de lo que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:

«Buenas están vuestras leyes morales, buenas están vuestras interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras cosas venerandas. ¡Ah, y yo he sido tan necio que he sufrido por espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una esfera social en que todo es fórmula: fórmula la moral y la religión, fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las leyes, hechas de mogollón, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud, de religiosidad, de hidalguía! ¡Bonito modelo de sociedad, digna de conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted, he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar por seres con alma y conciencia! ¡Y yo que he sido un sér pasivo, yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me opuse á las aberraciones de mi mujer, más fanática, pero menos criminal que los demás, he faltado á las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero sí, sí: he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden, ayudando con mi dinero á los padres pródigos, á los hijos libertinos y á las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he dado alas á todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la reconozco.»

Al principio enojado, después iracundo y al fin furioso, León daba golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano á su suegro, el cual se fué empequeñeciendo, reduciéndose á la mínima expresión. El pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un vaso puesto sobre la mesa, y consideraba que cabría muy bien dentro de aquel vaso. Monina y Tachana, muertas de miedo, recogieron sus cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse á reir ni á llorar, se retiraron á un rincón de la pieza.