—¿Por qué?»
Pepa rió oprimiendo con las dos manos su agitado seno.
«Porque cuando tu cuñado Luis Gonzaga, el que está aprendiendo para misionero, empiece á echar sermones por un lado y tú empieces á soltar herejías por otro, no habrá quien pare en la casa. León, lo dicho, dicho: eres un sabio insoportable, y tu talento da náuseas.
—Ya sé que el verdadero juicio tuyo sobre mi persona no es tan poco benévolo.»
Pepa se inclinó un poco hacia afuera. León sintió próximo á su rostro un aliento abrasado que le quemaba como una lámpara cercana.
«El que no ha estudiado otra ciencia que la de las piedras—dijo Pepa con la voz más amarga que puede oirse,—es un idiota.
—Tal vez eso sea verdad... Ahora, querida Pepa, amiga á quien profeso un cariño puro y fraternal, dame tu mano.»
Pepa se puso bruscamente de pie.
«Dame tu mano y despídete de mí lealmente... ¿No te dice tu corazón que algún día necesitarás de mí... quizás un leal consejo, quizás esa ayuda que los desgraciados se prestan unos á otros en los inevitables naufragios de la vida?»
Pepa arrojó con violencia los restos de la rosa, cuyo roído tallo fué á azotar la frente del joven. Este creyó sentir un latigazo.